25.3.05

Comiendose los sesos

Bonita expresión metafórica, pero que pasa cuando es real? Providencialmente, ayer por curiosidad me interne en el mundo del blog, y después de varios saltos, decidí iniciar mi propio blog. Claro que no tenia, ni tengo, la mas mínima idea de como hacer para crear temas de interés para una pagina de internet. Creo que la inquietud nació más de poner orden por escrito a una serie de ideas que se van formando en otros ámbitos. De cualquier forma había que poner un nombre y descripción al nuevo engendro. Sin cavilarlo mucho, pensé en un plato que me parece paradigmático y que me abrió a toda una serie de experiencias que en su momento me parecieron alucinantes. Arroz y frijoles, o rice and beans, siendo estrictos. Pasar a ligar las disquisiciones gastronómicas con temas varios, principalmente relacionados con la diversidad cultural, no fue difícil; en especial pensando que una de mis profesiones frustradas que más me duele y de la que más me gustaría quitar el estigma es la de gastrónomo. Hasta ahí todo bien, un glotón que quiere compartir con algunos desventurados internautas su glotonería retocada para hacerla pasar por reflexión. Pero nuestro subconsciente es traicionero, y le gusta armarnos inquietantes juegos de reflejos. La noche inmediata a la confección, surgiendo como Atenea de la cabeza de Zeus, el sueño doto de nueva vida a la criatura. En mis desvaríos oníricos, generalmente gozosos, psicotrópicos y lúdicos, apareció una imagen inesperada. De alguna forma que no recuerdo había logrado extraer mi masa encefálica y me disponía a cocinarla, con un poco de ajo, cilantro y probablemente chile serrano. El principal comensal de la preparación era yo y aun tengo la sensación cerosa que dejan los sesos en el paladar. Sobra decir, pero el platillo era magnifico. En un demencial crossover, devoraba secciones de mi cerebro con el doble fin de eliminar amargos recuerdos y dotarlos de un nuevo significado a través de la alquimica transformación que ocurre con un poco de aceite de oliva. Por supuesto que no me desperté azorado por la imagen, todo lo contrario, me encontraba fascinado por las sensaciones, por ver mi cerebro ahí, por diseccionarlo y por preguntarme como podía hacerlo así tan tranquilo. No tuve el menor intento de despertarme aunque sabia que me encontraba en un sueño, decidí que seria un acto de soberana intolerancia culinaria abandonar dicho banquete por bochornos de esos que se nos condiciona a tener al pasar por la carnicería con su jacarandosa cabeza de cerdo colgando, o peor aun en el amable deposito de vísceras que ofrece panza, cuajo y libro fresco para el deleite vespertino. Estaba verdaderamente fascinado, me devoraba a mi mismo, pero no todo, no el fibroso músculo, ni siquiera el corazón, solo el cerebro con su colesterosa constitución y su relleno de recuerdos que ahora generaban en mi nuevas sensaciones. Si bien era perfectamente entendible mi necesidad simbólica de eliminar cosas de mi mente, la cual se ha visto reforzada con la entrega al monstruo de las pesadillas de la descripción de mi horror nocturno para que el también (!) lo devore convenientemente y no aparezca de nuevo, me tomo a contrapaso que mi subconsciente tomara cartas en el asunto con ese talante y además dando elementos para iniciar una nueva aventura. Con el visto bueno del mago de los sueños, y una vez digerida la situación asumí el sueño como un mensaje, si no divino, por lo menos fabulosos. No sólo somos lo que comemos, comemos lo que somos.